?Disruptivo?, una palabra rara, pero tal vez la que mejor se aplica a las circunstancias de hoy cuando tenemos un año preelectoral y desde el punto de vista empresarial, nace la necesidad de ser cautos, de esperar, de paralizarnos un poco, de disminuir gastos.
Ser disruptivo es mantener la mente abierta en aprovechar las oportunidades cuando todos toman el camino conservador de la espera. Disruptivo es acelerar el cambio pensando en el cliente y en sus motivaciones. Es cómo yo busco una mejora competitiva, en un momento en que casi todos se paralizan. Es reconocer los patrones de éxito que nos han llevado a donde estamos, y sobre ellos construir. Es ser creativos y no necesariamente recurrir al ChatGPT, sino saber pensar en cómo podemos hacerlo mejor en este segundo semestre preelectoral. Disruptivo es anticiparse al cambio, y defenderse de él. En este último punto me refiero justamente a varios cambios que estamos sufriendo hoy, como el tecnológico, el de hábitos y costumbres, el cambio que hemos hecho por elegir precio más barato en lugar de la calidad, el uso de la inteligencia artificial (IA) como herramienta, en fin, el cambio simplemente porque es importante cambiar.
Pero disrupción no es cambiar por cambiar, deconstruir todo lo construido, desechar el pasado y hasta minimizar lo antiguo, ni ser extravagante y hacer cosas sin sentido o limitar la publicidad a las redes sociales o a mensajes con influencers, desvirtuando la creatividad. Es saber administrar el cambio.
En mi rol ahora como consultor me he dado cuenta de que lo más difícil para las organizaciones es administrar el cambio y ser disruptivos. Es que ahora hay una especie de complacencia y un bajo sentido de urgencia. Se espera mucho del entorno, del país, de los clientes, de que mejoren los tiempos, de que la corriente nos lleve a mejores destinos, y es que ahora nos cuesta remar. Pero debemos preguntarnos si estamos agregando valor a todo lo que hacemos, si hay diferenciación o segmentación en lo que estamos construyendo.
Manejar la complejidad es sin duda una habilidad, pero hoy a las organizaciones no les gusta la complejidad ni los resultados a mediano plazo. Desechan un camino en cuanto los resultados no son los positivos, cuando hay que esperar a que la idea o el concepto madure. Se busca la sencillez y la rapidez, se rehuye la construcción y el trabajo duro.
El mercado ha cambiado, tenemos clientes multicanal, pero también con una expectativa de omnicanalidad, más tecnológicos, pero a la vez más infieles porque no hay valor en las propuestas de marca, necesitamos ser disruptivos, pero con orientación al futuro.